Notas de curso. Sobre conferencia 8 y 11, Cómo hacer cosas con palabras. John Austin. Discusión con Wittgenstein en Investigaciones filosóficas.

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Conferencia 8.

Sobre la necesidad de precisar de qué hablamos cuando hablamos de usos del lenguaje. El interés de Austin es aprehender el acto ilocucionario para poderlo contrastar con los otros dos [el locucionario y el perlocucionario].  Contra Wittgenstein: Hay una constante en filosofía a pasar por alto este tipo de acto asimilándolo a alguno de aquellos otros dos (Austin, 2008, pág. 150). La cuestión es que la expresión <<significado>> y <<uso de una oración>> [típico en Wittgenstein. Léase juego del lenguaje] pueden hacer borrosa la diferencia entre los actos locucionarios e ilocucionarios [Págs. 146-147]. “Advertimos ahora que hablar de <<uso>> del lenguaje puede, de, igual modo, hacer borrosa la distinción entre el acto ilocucionario y el perlocucioario […] Hablar del <<uso del “lenguaje” para prometer o advertir>>, parece exactamente igual a hablar del <<uso del “lenguaje” para persuadir, excitar, alarmar, etc.>>. (Austin, 2008, pág. Ibíd).

Según Nancy Núñez, en La teoría de los actos de habla y la delimitación de los usos lingüístico, Wittgenstein introduce la noción del significado como uso, a fin de evitar los problemas filosóficos que se suscitan en el lenguaje por su ‘mal uso’, mientras que Austin y Searle intentan una clasificación y una delimitación de los usos del lenguaje como una respuesta a Wittgenstein, quien sostenía que los usos lingüísticos imposibles de enumerar so pena de caer en falacias verbales”. (Núñez, 2007, pág. 43)

La primera distinción [1-] sobre la que Austin llama la atención es que el ilocucionario puede ser considerado convencional en el sentido de que por lo menos es posible explicarlo mediante la fórmula realizativa [gramatical], cosa que no ocurre con el perlocucionario.

[2-] Para dar un paso más, aclaremos que la expresión <<uso del lenguaje>> puede abarcar otras cuestiones además de los actos ilocucionarios y perlocucionarios (Austin, 2008). Se trata de situaciones en las que usamos el lenguaje para algo como bromear, para actuar o para escribir o declamar poesía. [“Podemos hablar de un <<uso poético del lenguaje>> como cosa distinta del <<uso del lenguaje en poesía>>”]  La cuestión es que el <<al>> típico del ilocucionario se usa para otra cosa distinta que para realizar un acto, por lo que puede estar ausente todo intento de obtener que mi interlocutor haga algo. En resumen, “hay usos <<parásitos>> del lenguaje, que no son <<en serio>>, o no constituyen su <<uso normal pleno>>” (Austin, 2008, pág. 151).

[3-] Puede haber cosas que <<hacemos>> en alguna conexión con el decir algo, sin que la situación quede exactamente incluida, por lo menos intuitivamente, en ninguna de estas clases que hemos delimitado de forma aproximada, o también que parezca quedar vagamente incluida en más de una (Austin, 2008, pág. Ibíd) se trata de emisiones y actos que podrían quedar por fuera del locucionario, el ilocucionario y el perlocucionario. Por ejemplo insinuar algo al emitir una expresión o porque emito una expresión. ¿De qué uso del lenguaje se trataría? Acá la situación, el contexto, no es aprehensible como para hablar estrictamente de significado. También está el ejemplo de exteriorizar emociones, por ejemplo en el insulto. La cuestión es que no hay fórmulas realizativas para este acto: uno no insulta a alguien espetándole <<te insulto>>. Se trata de situaciones gaseosas. Austin insiste en el uso convencional del ilocucionario; un acto hecho de conformidad con una convención.

Hasta acá la discusión con Wittgenstein, en términos de la necesidad de delimitar y clasificar los distintos usos del lenguaje.

Recordar.

[4-] sobre los males que pueden afectar a toda acción. Distinguir entre el acto de hacer x y el acto de intentar hacer x. Advierte: cabe esperar infortunios.

Porque nuestros actos son actos:

[5-] recordar distinción entre producir consecuencias o efectos queridos o no queridos. Tener presente: I. aunque el que usa una expresión se proponga alcanzar con ella un cierto efecto, éste puede no ocurrir; II. Aunque no quiera producirlo o quiera no producirlo, sin embargo el efecto puede ocurrir.

Hasta acá la conferencia 8.

Conferencia 11.

Giro lingüístico, o, de la pragmática, dentro de la ciencia de la lingüística: “Una vez que nos damos cuenta de que lo que tenemos que estudiar no es la oración sino el acto de emitir una expresión en una situación lingüística, entonces se hace muy difícil dejar de ver que enunciar es realizar un acto” (Austin, 2008, pág. 185).

El problema central de esta conferencia, luego de recoger la discusión sobre los constatativos y la posibilidad de ser sometidos a infortunio, así como los realizativos, que pueden ser susceptibles de verdad y falsedad, es la del problema de la verdad de los enunciados, inicialmente, de su validez en términos de correspondencia con los hechos [tema central de la lógica, o de la vieja escuela de la filosofía del lenguaje]:“Y tenemos la impresión de que esta pregunta [por la verdad o falsedad de un enunciado], para hablar en términos populares, busca determinar si el enunciado <<corresponde a los hechos>> (Austin, 2008, pág. 186).

La cuestión es que este modelo, para aproximarse a la verdad del lenguaje, por correspondencia [la consideración acerca de la objetividad de la verdad o la falsedad de los enunciados en relación con los hechos o los objetos] tiene que contar no solo con los hechos, sino con el conocimiento que se tiene de los mismos así como con la propia opinión que sobre ellos. Aquí hay que tener en cuenta la crítica al positivismo lógico y al  Wittgentein del TLP, en el sentido de que su aparato conceptual les sirve para referirse a las cosas inertes dentro del espacio lógico a que reducen el mundo, pero no para nombrar o para designar los fenómenos de la realidad social, las contradicciones, la política, y todo aquello que está en constante movimiento. El conocimiento de los hechos, y la opinión sobre ellos, hace alusión a eso. Sostiene Austin, “En la vida real, como cosa opuesta a las situaciones simples contempladas en la teoría lógica, no siempre podemos contestar de manera sencilla si un enunciado es verdadero o falso” (Austin, 2008, pág. 189) Siguen tres ejemplos: sobre la forma de Francia, la batalla de Alma y los cisnes de Australia.

El argumento a esta parte es que “en el caso de enunciar de forma verdadera o falsa, tal como ocurre en el caso de aconsejar bien o mal, los fines y propósitos de la expresión, así como su contexto, son importantes” (Austin, 2008, pág. 190). Fines, propósitos, contexto; conocimiento, opinión sobre los hechos. No se trata de hechos desnudos ni de enunciados diáfanos, ojo. La verdad y/o falsedad de un enunciado debe ajustarse a la situación lingüística de su enunciación. En ese caso, por ejemplo de Los 3 caínes, la cuestión no es por la verdad o falsedad de su reconstrucción ficcional sobre los hechos del paramilitarismo en Colombia, sino por los fines y los propósitos de decirlo o de narrarlo, así como por el contexto en el que se dice. Así mismo, vale la pena cuestionarse por el conocimiento de los hechos, y por las opiniones de los realizadores sobre los mismos: “No podemos formular el enunciado simple de que la verdad de los enunciados depende de los hechos, como cosa distinta del conocimiento de estos (…) la referencia depende del conocimiento que se tiene al emitir la expresión” (Austin, 2008, pág. 190 y 191). En resumen, “… preguntar si, sobre la base de los hechos, del conocimiento de ellos y del propósito que nos guió al hablar, etc., lo que dijimos fue lo que correspondía decir” Ibíd. [Pregunta para análisis de la telenovela].

Ahora, no se puede dejar de lado que “La verdad o falsedad de un enunciado no depende únicamente del significado de las palabras, sino también del tipo de actos que, al emitirlas, estamos realizando y de las circunstancias en que las realizamos” (Austin, 2008, pág. 192) la pregunta es también por el tipo de acto… ilocucionario, al emitir, perlocucionario, porque emitimos. Recapitulando: pregunta por los hechos a los que supuestamente se corresponden las palabras, por el conocimiento y la opinión que se tiene de ellos. Pregunta por el fin y el propósito de las palabras que quieren describirlos. Quid: pregunta por los actos realizando al decir y porque decimos.

Bibliografía

Austin, J. (2008). Cómo hacer cosas con palabras. Barcelona: Paidós.

Núñez, N. (2007). La teoría de los actos de habla y la delimitación de los usos linguísticos. En A. Bolívar, Análisis del discurso ¿Por qué y para qué? (págs. 40 – 62). Caracas: Universidad Central de Venezuela.

Relatoría: Cómo hacer cosas con palabras, John Austin

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El libro de Austin, publicado póstumamente en la forma como llegó a nuestras manos, se compone de doce conferencias ofrecidas por el autor en la Universidad de Harvard, en 1955. No obstante, A lo largo de sus 212 páginas se encuentra decantado el producto del trabajo intelectual y práctino, no solo de sus conferencias, sino también el de sus clases, seminarios, reuniones privadas y artículos [publicados en su otra gran obra: Discursos filosóficos (Austin, 1989)], radiolocuciones, y de su relación personal con colegas y alumnos. En Cómo hacer cosas con palabras (Austin, 2008)  Austin – y su equipo de trabajo – introdujo una problemática auténticamente original con sus estudio de las <<Expresiones realizativas>> y bosquejó una teoría general de los actos lingüísticos que puede servir de punto de partida para una construcción teórico-sistemática de alcances revolucionarios, al decir de algunos de sus más importantes estudiosos (Austin, 2008, pág. 29). Como señala Urmson en el prefacio – citando a Austin – las ideas que subyacen a la obra comenzaron a tomar forma en 1939 y fueron publicadas, por primera vez, aunque sin mayor desarrollo, en <<Other Minds>> (1946) [Otras mentes] (Austin, 1989, pág. 87). En diversas oportunidades Austin las expuso en clases dictadas en Oxford [Palabras y acciones (Austin, 2008)] y, como ya lo indicamos, finalmente hizo de ellas un ciclo de conferencias ofrecido en la cátedra William James Lectures, de la afamada universidad norteamericana.

Las primeras cuatro conferencias presentan la caracterización de la <<Emisión realizativa>> o <<Performativa>>, [dependiendo de la traducción], como distinta de los <<Enunciados constatativos>>. A esta parte, en sus propias palabras, aunque usadas fuera de contexto, sus planteamientos simbolizan un fuerte puntapié hacia arriba al sol de la filosofía del lenguaje que lo precede: el positivismo lógico, o la línea dura. Para estos autores, suscritos en la tradición del empirismo inglés, tanto como el mismo Austin, y de los cuales Bertrand Rusell será uno de sus principales exponentes, <<Todo enunciado con sentido es o verdadero o falso>>. Su posición es que la función más importante de los enunciados es afirmar, describir o informar de manera o falsa o verdadera, reduciendo el lenguaje a los enunciados meramente aseverativos. Dicho en otras palabras, que la única función filosóficamente importante de la lengua es la de realizar manifestaciones verdaderas o falsas; es decir, la ingenua creencia de que las oraciones están dotadas de significado si, y sólo si, expresaban posiciones verificables o falseables, (Núñez, 2007, pág. 48). Es a lo que nuestro autor denominó la falacia descriptiva.

Austin puso en entredicho el dogma, e instaló su punto de vista sobre el lenguaje corriente, también denominado natural [para distinguirlo del artificial, como se denominará a la lógica, el lenguaje del decir verdad en su contexto] u ordinario. Descubrió unos enunciados que no son ni verdaderos ni falsos, y que aun tienen sentido, es decir que no son sinsentidos. Dichos enunciados no informan sobre la realidad ni la describen, sino que realizan lo que ellos expresan. Son actos. Ellos instauran una situación que no existía antes de su emisión. Dichos enunciados fueron denominados enunciados realizativos, distintos de los enunciados constatativos (denominación también austiniana) del positivismo lógico. En resumen, los enunciados constatativos, como su nombre lo indica, constatarían situaciones de hecho. Los realizativos, por el contrario, constituyen una situación nueva.

Sin embargo, estos nuevos enunciados descubiertos por Austin precisan de unas condiciones específicas para poder realizarse, o dicho de otra manera, es necesario que se conjuguen unas situaciones específicas para que puedan constituirse en actos. Se trata de seis condiciones, denominadas como <<infortunios>>, agrupadas en tres clases distintas: A, B y Γ.[1] Las condiciones de la clase B, se refieren a realizativos contractuales. Las condiciones de la clase A, a situaciones que pueden ser consideradas cotidianas, y comprometen situaciones convencionales y las circunstancias adecuadas. Una falta en cualquiera de estas condiciones, hará de la emisión un acto infortunado, un desacierto, o en otras palabras, que el acto fracase. En el caso de una falta en las condiciones de la tercera clase, denominadas condiciones de sinceridad, los actos se realizan aunque constituyen un abuso de procedimiento, por lo que son considerados huecos o pretendidos, y en el mayor de los casos insinceros.

En el siguiente bloque se introduce una pregunta que producirá un desenlace inesperado. Esa pregunta es: ¿Qué criterios pueden ofrecerse para distinguir las expresiones realizativas de las expresiones constatativas? Avanzando en el estudio gramatical minucioso – este el quizá el apartado más “oscuro” de la obra – la cuestión ocupa el cuerpo de las siguientes conferencias [V, VI, y VII]  aunque llevando al traste sus múltiples esfuerzos. A esa altura [el libro de Austin, como ciertas obras de ficción, tienen un <<suspense>> perfectamente graduado por el autor]- al promediar el libro – Austin propone nada menos que un nuevo punto de partida: considerar seriamente en qué sentido o sentidos se puede afirmar que <<decir algo es hacer algo>>. La respuesta de Austin consiste en ofrecer, en gruesos trazos, un esquema teórico que permita alojar los sentidos más importantes de aquella expresión.

En la nueva teoría, que consiste en que todo decir es un hacer, los antiguos constatativos se vuelven en cierta forma realizativos. Cuando una persona dice “afirmo x o y”, está realizando el acto de afirmar, y por ende, al emitir este enunciado, está introduciendo un nuevo hecho en el mundo. (Gómez G., 2000, pág. 76) Lo mismo cuando informa o describe, está realizando el acto de informar o describir. En esta nueva teoría, cuando alguien dice algo debemos distinguir: a) el acto de decirlo, esto es, el acto que consiste en emitir ciertos ruidos [acto fonético] con cierta entonación o acentuación, ruidos que pertenecen a un vocabulario, que se emiten siguiendo cierta construcción [acto fático] y que, además, tienen asignado cierto sentido y referencia[2] [acto rético]. Austin lo denomina el << acto locucionario>> o la dimensión locucionaria del acto lingüístico. b) El acto que llevamos a cabo al decir algo: prometer, advertir, afirmar, felicitar, bautizar, saludar, insultar, definir, amenazar, etc. Austin lo denomina el <<acto ilocucionario>>, o la dimensión ilocucionaria del acto lingüístico; y c) el acto que llevamos a cabo porque decimos algo: intimidar, asombrar, informar, convencer, persuadir, ofender, intrigar, apenar, etc. Austin lo llama <<acto perlocucionario>> o la dimensión perlocucionaria del acto lingüístico.

Mientras que la conexión entre, a) lo que decimos en cuanto acto de decirlo [dimensión locucionaria] y b) las consecuencias que contingentemente sobrevienen porque lo hemos dicho [dimensión perlocucionaria], es una conexión causal, la relación entre la dimensión locucionaria y lo que hacemos al decir algo [dimensión ilocucionaria] es – según los hallazgos de Austin – una relación convencional (Austin, 2008, pág. 153). A su vez, mientras que el significado de las expresiones [en un sentido tradicional del término] es parte del acto locucionario, la fuerza de ellas está incluida totalmente en el acto ilocucionario.

Bibliografía

Austin, J. L. (2008). Cómo hacer cosas con palabras. (J. Urmson, Ed., & G. R. Rabossi, Trad.) Barcelona: 2008.

Austin, J. L. (1989). Discursos filosóficos. (J. U. Warnock, Ed., & A. G. Suárez, Trad.) Madrid: Alianza.

Gómez G., A. L. (2000). Seis conferencias sobre teoría de la argumentación. Cali: AC Editores.

Núñez, N. (2007). La teoría de los actos de habla y la delimitación de los usos lingüísticos. En A. B. (Compiladora), Análisis del discurso ¿Por qué y para qué? (págs. 38 – 62). Caracas: El Nacional.


[1] A1: Tiene que haber un procedimiento convencional aceptado que posea cierto efecto convencional; dicho procedimiento debe incluir la emisión de ciertas palabras por parte de ciertas personas en ciertas circunstancias. Además,

A2: en un caso dado, las personas y circunstancias particulares deben ser las apropiadas para recurrir al procedimiento particular que se emplea.

B1: El procedimiento debe llevarse a cabo por todos los participantes de forma correcta, y

B2: en todos sus pasos.

Γ1: En aquellos casos en que, como sucede a menudo, el procedimiento requiere que quienes lo usan tengan ciertos pensamientos o sentimientos, o está dirigido a que sobrevenga cierta conducta correspondiente de algún participante, entonces quien participa en él y recurre así al procedimiento debe tener en los hechos tales pensamientos o sentimientos, o los participantes deben estar animados por el propósito de conducirse a la manera adecuada, y, además,

Γ2: los participantes tienen que comportarse efectivamente así en su oportunidad. (Austin, 2008)

 

[2] Sentido y referencia componen el significado de una palabra. La noción, introducida por el alemán Grotob Frege, fue aceptada por los filósofos del lenguaje [de la línea dura del positivismo lógico y por el mismo Austin] y por los lingüistas. La referencia supone lo referenciado, el sentido, la forma de pensar el referente. Existen expresiones que tienen sentido y pero no cuentan con una referencia.